
«Nada de lo humano me es ajeno» es una expresión traducida del latín que se le atribuye a Publio Terencio el Africano, un esclavo emancipado que escribía comedias en la Roma republicana.
La porción de este evangelio difiere muchísimo de un escrito para comedia, pero, la alocución, me sirve para analizar a través de la reflexión sobre la humanidad de Nuestro Señor durante su paso por este abollado planeta. Para Él tampoco nada de lo humano le era ajeno, dado que como cualquier ser humano, fue engendrado en el cuerpo de una mujer, para luego nacer de un trabajo de parto. Cuando lo hizo estuvo sin entender nada de lo que pasaba en este nuevo universo de símbolos y sentidos al que había salido, fue de la mano de sus padres carnales introduciéndose en esa cultura epocal, cultura que continuó aprendiendo después en la sinagoga cercana. Con el crecimiento y desarrollo también se habrá contagiado con las típicas enfermedades de las criaturas. Su adolescencia tuvo que haber sido tan complicada como las nuestras. Su acto de rebeldía más fuerte fue a la edad de treinta años, fue un hecho que dejó boquiabierta a toda su familia cuando le avisó que cerraba la pequeña carpintería familiar porque sentía un muy fuerte llamado para dar a conocer a ese Dios a quien llamaba su Padre.
Así decidido, se caminó unos 100 km hasta llegar al lugar del río Jordán, donde su primo Juan bautizaba a sus seguidores. Una vez llegado, le pidió a su primo ser bautizado también allí mismo.
En esos tiempos la opresión al pueblo se notaba en la situación económica, política y religiosa que el país atravesaba. Casi todo el pueblo había sido despojado de su propia tierra y debía soportar feroces jornadas de trabajo en los latifundios que administraban dirigentes vendidos a los poderes romanos. Las desigualdades económicas entre los ricos y los pobres eran enormes, lo poco que ganaban estos últimos, era saqueado por los recaudadores de impuestos y por el templo. Era común venderse o vender a algún familiar como esclavo.
En cuanto a lo político, a lo largo de su historia, el pueblo hebreo fue víctima de la dominación de varios amos del mundo: Egipto, Babilonia, Persia, Grecia y Roma, está gente sufrió esclavitud, exilio, represión, sin poder decidir libremente sobre su propio destino.
En cuanto a la religión, este pueblo se sentía abandonado y excluido y desorientado por la gran institución religiosa que representaba a un dios inflexible y castigador.
No obstante la zona de Galilea era un fuerte foco revolucionario que cada tanto se revelaba cuando la situación social no daba para más. Una de las más recordadas fue cuando Jesús todavía era adolescente. En la ciudad de Séforis, capital de esta Galilea de los gentiles, ciudad relativamente cercana a Nazareth. Judas el galileo un dirigente nacionalista judío, ofreció una fuerte resistencia armada contra el censo fiscal que había sido decretado por el aristócrata romano Quirino, ahora procurador de Siria. Hay dos circunstancias que vale la pena destacar. Primero, en este pueblo se manifiesta el viejo sentimiento mesiánico davídico. Segundo, en esta gente surgirá un grupo rebelde, clandestino auto proclamado Zelotes, un movimiento con una fuerte tendencia nacionalista, reivindicadora muy agresiva, su nombre significa algo así como: celosos seguidores de Dios. Y se juramentaban para liberar al pueblo judío de los poderes opresores.
Ahora volvamos al bautismo de Nuestro Señor en el río Jordán. El relato nos dice que tras ese acto Jesús recibió el Espíritu Santo y por ese mismo Espíritu fue conducido al desierto de Judea donde permaneció por 40 días ayunando.
Este relato con algunas variantes lo cuenta tanto Lucas, como Mateo. En ambos abundan analogías con lo acontecido por el pueblo judío en el desierto, luego de ser liberado por Moisés del faraón, tal como lo narra el libro de Éxodo y de Deuteronomio. Este pueblo ahora libre, sintió hambre, y lo encaró a Dios pidiéndole milagros, luego se olvidaron de su Dios Liberador cuando tomaron posesión de la tierra prometida.
Vemos que Nuestro Señor está solo, haciendo un ayuno, en medio del desierto. Si bien está seguro de su misión, se siente con la fuerte responsabilidad del cómo llevarla a cabo. Frente a ese lugar pedregoso, devastado, Jesús habrá sentido la tentación de convertir esas piedras en pan. De empezar su misión entregando a las multitudes para que le siguieran, elementos materiales, de confort, comida, medicamentos, aires acondicionados. Algo así como repartir dádivas seductoras para tentar a quienes le siguieran. Pero reaccionó pensando que su misión no es mejorar a los seres humanos, sino producir gente renovada.
Ahora Jesús se encuentra en alguna altura, desde donde puede observar el hormiguero humano civilizado. Su imaginación le propone hacerse Él Mismo motivo de adoración, aunque tenga que torcer algunas circunstancias y embarrarse con ciertas mentiras piadosas. Dejándole algo de lugar al mal, tolerándolo, como quien mira para otro lado. Pero inmediatamente concluye que solo hay un Dios a quien se debe obedecer y adorar, y este Dios es impoluto, todo lo demás es vanagloria.
Ahora su mente le muestra el templo, ese centro religioso de Israel, sito en Jerusalén. El Señor imagina que podría subir al pináculo y desde allí realizar una fantástica caída hasta el fondo del valle que se encuentra entre el templo y el huerto de los olivos conocido como Cedrón, y esperar ser rescatado por los ángeles celestiales, sorprendiendo, y captando a sus futuros seguidores con ese espectáculo sensacional. Pero lo desechó inmediatamente. Este tipo de eventos provoca impresiones que no suelen durar mucho en la gente.
Querida Iglesia. Luego de este tiempo de reflexión, Nuestro Señor llegó a la conclusión de que debía atravesar por un muy duro camino de servicio y de sufrimiento que al único lugar que conduce es al monte Calvario. Allí lo esperaba, tanto la injusticia humana, como la peor muerte imaginada por los perversos asesinos de aquellos tiempos. Pero entendió que esta ruta de humillación culminaría en Su Coronación como Rey de Reyes y Señor de Señores. Algo que parecía un fracaso pero que se convirtió en Su Triunfo.
Querida comunidad, no tengamos en cuenta los fracasos en nuestras vidas. Tampoco nos dejemos llevar por esos cantos de sirenas que engatusan. Desconfiemos de todas esas terribles o seductoras realidades que nos dibujan a diario, con la pretensión de enseñarnos a vivir. Nuestras biblias nos cuentan en el libro de Apocalipsis que «Aquel que está muerto hoy vive para siempre» (Apoc.1:18 BLA). Y esa es la única verdad.
Querida iglesia. Pidamos a Nuestro Padre Bendito, por el privilegio de ser reconocidos como sus hijos, debido al mérito de Su Hijo Amado que se sacrificó por toda la humanidad,. Y también por la Gracia de Su Espíritu Santo que nos siga brindando Su Paz, Su Amor para nuestro Bienestar.
Jorge Rodaro