
Estamos hablando de la transfiguración de Nuestro Señor Jesús, esto es la transformación (metamorfoseas) que se produce en el Jesús humano, histórico, al verlo profetizado en su verdadera gloria, ya convertido en el Rey de Reyes. Hecho no menor ya que el evento es narrado, con algunas pequeñas discrepancias, en los tres evangelios sinópticos.
Pero ¿Cómo empieza todo esto? Hagamos un poco de historia.
El capítulo 9 de este evangelio nos habla de las condiciones para seguir al Señor Jesús como el Mesías esperado. En el relato de Mateo 17, nos dice que los dos grupos religiosos preponderantes y discordantes, (Fariseos y Saduceos) se ponen de acuerdo en solicitarles al Maestro un signo que actuara como señal que acredite tanto su naturaleza celestial como su autoridad divina. La respuesta de Jesús no se hace esperar, les habla del signo del profeta Jonás. Pero no da mayores explicaciones, luego se dirige a la ciudad de Cesárea en la región gobernada por Filipo (uno de los hermanos de Herodes Antipas).
En esa caminata, Nuestro Señor ya un tanto apartado de las multitudes, entiende que le queda poco tiempo y que todavía tiene mucho que enseñar a sus discípulos. Con ese fin les hace su primer anuncio sobre la pasión venidera: “El Hijo del hombre, deberá sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, además será condenado a morir, y resucitará al tercer día” (Lc. 9: 22 Paráfrasis Propia). La crucifixión era una de las peores formas de dar muerte, que propuso la imaginación humana de aquella época, ésta era la máxima pena romana, y se aplicaba sobre aquellos considerados subversivos y peligrosos al imperio, pero éste tormento doloroso, no llegaba más que a matar el cuerpo. Jesús les habla del propósito de su mesianismo y de la entrega que les requiere porque nota que sus discípulos aún no tienen muy claro, quien es su Maestro y cuál es su misión, ellos todavía piensan en la figura de un mesías guerrero, conquistador que barrería con el poder temporal romano que afligía toda aquella Palestina y que además les sanaría y les prosperaría.
El anuncio que les hace Nuestro Señor, resulta escandaloso, incomprensible y hasta atemorizante para esos discípulos, Él buscó la forma de abrirles el entendimiento, explicándoles que su plan de salvación apuntaba mucho más allá de las miradas de todos ellos.
Jesús necesita redefinirles su mesianismo, a estos discípulos, sacándolos de las viejas tradiciones culturales y religiosas judías, y esos pensamientos lo llevan hasta un monte, (para algunos exégetas se trata del monte Tabor, una elevación de aproximadamente 600 metros de altura).
Allí Nuestro Señor elige a Pedro, a Juan y a Santiago para que le acompañen, cuesta arriba y, estando allí, mientras ora a Su Padre, ocurre que, tanto Jesús como sus vestidos resplandecen y son cubiertos de Su Gloria Primigenia, esa Gloria que tenía en un principio y que tan bien describía el Antiguo Testamento. Ahora se presentan junto a Él, Moisés y Elías, el primero representando la Ley y el segundo a los profetas, los discípulos al ver el éxtasis pretenden que ese momento sea eterno, y con ello salir de sus tiempos y de su historia, al punto que Pedro le propone quedarse a vivir allí.
El relato continúa diciendo que: “Se posó sobre el grupo una nube luminosa y de ella se escuchó una potente voz: -¡Este es mi hijo amado en Quien Me complazco plenamente! ¡Oídle a Él!-… los discípulos aterrados cayeron sus rostros en tierra, Jesús les tocó y les dijo: Levantaos y no temáis, entonces todos vieron que tanto Moisés como Elías habían desaparecido y el único que estaba era el Señor Jesús” (Lc. 9: 34 al 36 paráfrasis propia). Esta pictórica escena representa la figura de la Trinidad, El Señor Jesús, como el Hijo del Hombre, El Espíritu Santo en forma de nube luminosa, y el Padre Creador con su potente voz, Esa voz les da a entender que tanto la Ley como los Profetas, van a dejar lugar al tiempo de la Gracia, aquí representada por el Rey de Reyes y Señor de Señores. Tengamos la certeza queridos hermanos y hermanas de que Jesús todavía hoy sigue estableciendo su Reino en Gloria y que todos y todas estamos llamados y llamadas a que participaremos de él, con Él.
Pero… al pie del monte, hay otra realidad, ya que los otros discípulos solos, no pueden sanar un enfermo de epilepsia. “Porque oráis poco” nos explica Marco, “por vuestra falta de fe” responde Mateo. Esta última lectura me provoca una última reflexión, que quisiera compartirles. Nuestra fe se entibia e incluso pierde fuerza, cuando la enfrentamos con nuestros pensamientos de duda y de temor, y cuando le concedemos a estos, más importancia que a las Palabras del Maestro, con esa actitud, dejamos a nuestra fe sola y encerrada en un pequeño rincón de nuestra alma. Para que nuestro grano de mostaza pueda crecer libre, es necesario arrancar de nuestro cerebro todas las hierbas de dudas y de temor. Nuestra semilla solo podrá crecer regándola con nuestras oraciones, y confiando plenamente en las Palabras de Nuestro Señor.
Ahora, ya para ir cerrando, quiero que tengamos en cuenta que: Resucitar es ganarle de a poco la batalla a la muerte.
Pero… ¿Cómo es eso? Muy sencillo, sabemos que ésta última, tiene varias formas de darse a conocer hablo del hambre, de la desocupación, que desespera y que produce impotencia, depresión, y de tantos otros males que atraviesan nuestra sociedad. El resucitar nuestro comienza no bajando nuestros brazos, ante ellos, por ahí no estamos comprendiendo la magnitud de la resurrección, o tal vez creemos que ocurrirá luego de nuestra muerte física, también a los primeros discípulos les pasó lo mismo.
Querida comunidad, yo creo que estamos siendo resucitados cuando lo mostramos a Él en nuestras prédicas, en nuestros mensajes, en nuestros deseos de dar y de recibir sus bendiciones. El testimonio que compartimos con quienes aún no le conocen, nos da un impulso vital fantástico, también le abre paso a nuestra fe, la fortalece en nosotros mismos, y a la vez nos da el aplomo que nos aleja de todos nuestros propios temores. Simplemente porque estamos difundiendo la Vida Verdadera, tanto a nosotros mismos como a todos y todas quienes nos escuchan.
El desafío es que hagamos la prueba y entonces veremos que estaremos resucitando, esto es ganando la batalla de la vida, como proclama Su Palabra.
Que Nuestro Padre nos siga bendiciendo ricamente.
Jorge Rodaro